que estaba aterrada, meditabunda y repleta de inquietudes,
apareciste por mi puerta, tú,
tan bien vestido como siempre, con esa chaqueta marrón que tan bien te sentaba
y un cigarro entre tus lánguidos dedos, dedos de pianista,
pese a que jamás se te hubiera ocurrido tocarlo.
Me cogiste entre tus brazos,
preparaste una taza de café, y con tan sólo un beso;
un beso en la frente, tan cálido, suave, tan profundo,
me inhibiste de mis pensamientos;
sacaste la penumbra de mi alma,
e iluminaste mi mirada,
con tan sólo un beso,
tan frágil y tan quebrado,
como mi estado de ánimo.
Que pese a parecer irrompible,
hacía tiempo que estaba destrozado,
y no roto en mil pedazos como solemos imaginar,
como nos han impuesto pensar.
Era como aquel tugurio mal oliente al que solíamos ir,
oscuro, pútrido e infecto de seres sin escrúpulos,
de algunos rotos como yo,
y de soñadores como TÚ.
Situaciones difíciles para personas aún más difíciles,
nuestro consuelo,
tan desgastado y lisiado por el paso del tiempo,
que pendía de un hilo.
El único hilo del que disponíamos,
la última oportunidad;
finalmente se rompió.
Y en ese momento, en ese mismo instante,
No hay comentarios:
Publicar un comentario